Estiro el cuerpo

Estiro el cuerpo 
extraído de su caparazón
con el filo de los dientes,
con la punta de la lengua,
con la de un palillo/tenedor.
Pero vuelve el muy bribón
a su forma original,
a su forma espiritual/de la espiral
como al principio.

Me da no sé qué tragármelo,
se parece tan poco al de fuera
tanto a él, a mí...

Siempre hay una voz 
que hace de fiel, pesa y balanza
detrás de cada uno
-independiente y callada
lejos del mundanal ruido-
que continúa llamando
a cada cosa por su nombre.

-No sé.

Como un ermitaño

 

Como un ermitaño que busca la paz   xx
en esa tranquilidad consciente de su ser  
ante la muerte venidera...
Vas abriendo un surco en la superficie 
de la tarta/carne
con la punta de la lengua
-bien afilada-
de tan sólo un dedo de grosor.

Buscas, te regodeas
en el espacio intermedio que se suspende
entre cada uno de sus espasmos/
tropiezos y suspiros.
Cuchillas/hormigas que la recorren
mientras se retuerce
al ritmo que le marcan tus caricias
sobre la perla 
en la sima/fondo de ese mar 
agitado.

Girando el mundo 
sobre ese punto concreto del Universo
-se hacen cardenales los monaguillos-
Senderos de gloria 
allanan la espesura del bosque
aún más tibia/cálida y húmeda
que nunca...
Dejándola demasiado viva y tierna 
en el asedio 
del temblar en su fortaleza.

Moneda de cambio/traspaso 
del pecado original -todavía no resuelto-
donde el cebo en su agonía
atrae al depredador
convirtiéndolo en su víctima.

-¿Has terminado ya querido...?
Tú qué crees...?