Estiro el cuerpo extraído de su caparazón con el filo de los dientes, con la punta de la lengua, con la de un palillo/tenedor. Pero vuelve el muy bribón a su forma original, a su forma espiritual/de la espiral como al principio. Me da no sé qué tragármelo, se parece tan poco al de fuera tanto a él, a mí... Siempre hay una voz que hace de fiel, pesa y balanza detrás de cada uno -independiente y callada lejos del mundanal ruido- que continúa llamando a cada cosa por su nombre. -No sé.
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Como un ermitaño
Como un ermitaño que busca la paz xx en esa tranquilidad consciente de su ser ante la muerte venidera... Vas abriendo un surco en la superficie de la tarta/carne con la punta de la lengua -bien afilada- de tan sólo un dedo de grosor. Buscas, te regodeas en el espacio intermedio que se suspende entre cada uno de sus espasmos/ tropiezos y suspiros. Cuchillas/hormigas que la recorren mientras se retuerce al ritmo que le marcan tus caricias sobre la perla en la sima/fondo de ese mar agitado. Girando el mundo sobre ese punto concreto del Universo -se hacen cardenales los monaguillos- Senderos de gloria allanan la espesura del bosque aún más tibia/cálida y húmeda que nunca... Dejándola demasiado viva y tierna en el asedio del temblar en su fortaleza. Moneda de cambio/traspaso del pecado original -todavía no resuelto- donde el cebo en su agonía atrae al depredador convirtiéndolo en su víctima. -¿Has terminado ya querido...? Tú qué crees...?