No sé qué fábula contarte…

No sé qué fábula contarte...       xx
si una agradable, amable
hasta caliente,
o una oscura, rencorosa,
hasta decreciente...
en la mariquilla tatuada
      de nuestra suerte.

No sé qué careta ponerte...
si una que ande de puntillas
afilada, medio condescendiente
o una pesada, enroscada
casi impertinente
en el ombligo de bobos
de este burdel/cabaret de gentes.

No sé qué ungüento ofrecerte,
si unas cenizas de mejillas fieles
o un monóculo de ninfas crueles
en la encrucijada que estrangula
nuestra rebanada de muerte.

*

Nacer, morir, vivir para partir  
al nunca jamás...
Y todo eso sin molestar mucho
ni resultar incómodo, ufff...
¡Cómo cuesta Señor! 

Ya sé... que sólo los ganadores
pueden lucir la etiqueta de sus principios/ 
un -don nadie- lo puede ser cualquiera.

Somos el eco del sonar de nuestra mente
chocando con los otros...
-la voz/la mirada/los escritos, el arte.
Cualquier acto es una manifestación del interior
navegando en la configuración de una conciencia.

Somos una razón de carne y hueso.
Una idea con piernas y brazos/
Un deseo con alas.
Un corazón con garras y dientes.
Una vida que no sabes si es un sueño...
Un futuro a corto plazo.
Un pasado desde hoy mismo.
Un mañana calavera.
Un sentido negándotelo todo.
Un espejo -a lo Santo Tomás-
Un Pepito Grillo de las mentiras.
Un Pato Lucas de la fe.

¡Qué más cosas para decirnos...
 -que yo he estado aquí
y que tú también-.
Hablemos de igual a igual/
lo mismo cuela.



         

Un grito tendido

Un grito tendido            x+
en el tejado del Universo...
mudo por el inquieto
y fulminante suspiro del deseo
que se cierne sobre el espejo,
que reparte tu imagen por entera
en la tibia habitación de tu cuerpo...
-Eso es un beso-.

Tus sentidos rendidos
en el bolso de las oportunidades
por los grandes almacenes...
como cabras sin rumbo
de los stand que no sales,
desplegando a tus infantes
por el campo de batalla
de nadar por los desagües.
-Eso es magreo-.

Una voz que vuelve tu mirada
allí donde estás sentada,
en el jardín de las delicias
de las sillas aterciopeladas,
entre arbustos y cabañas
que te invitan a una fiesta
de serpientes venenosas
con antídotos que no tomas...
-Eso es el sexo-.

Repartir ofrendas laureadas
en carruajes de corceles bravos.
Soltar el collar de perlas
que engalana el ancho campo
con un mordisco certero
en la encrucijada de los huesos santos.
Relamer lo sucedido mil veces
y volver de nuevo
con un...
¿Por dónde empiezo?
-Eso es... eso!-.